Era aún de madrugada cuando salio de la cabaña, la fría neblina le atormentaba cada paso, pero sus ojos tenían el cálido resplandor de los efímeros recuerdos que lastiman la memoria. No había terminado de llegar a su auto cuando se dio cuenta que en todo su cuerpo una gran mancha comenzaba a surgir por toda su cara, expandiéndose en medio de su cuerpo:
Que me esta pasando? -decía mientras se sorprendía de la vana muerte que se imaginaba a consecuencia de esta mancha oscura que le llegaba hasta los dedos -que diablos, porque a mi, ¿no es suficiente acaso con la muerte de mis hijos, para que ahora una mancha me destrocé el cuerpo?
Monterier no espero mas, subió a su camión, y se dirigió por esa oscura carretera hacia la ciudad, donde el veía la respuesta a la mancha que mientras más crecía, más le ardía su triste cuerpo.
No paso más de dos horas entre lamentaciones cuando en medio de la carretera, el cielo comenzaba a implantar el azul, describiendo el inicio de un buen día, Monterier describió esto como una esperanza que le daba la vida, hacia ese frío tormento que el relacionaba con la más fea de todas las muertes. En medio de los primeros cantos de los pájaros y los últimos de los grillos, observó en medio de la carretera a una breve silueta que pedía transporte. Llevaba una enorme maleta en sus hombros y le forraba su cabeza un gorro de color pálido al estilo berberí: era un árabe.
Al parar el transporte para llevar al hombre, este miro los ojos a Monterier y con una expresiva sonrisa dio un saludo en un idioma que el no entendía, al rato de subirse al carro, este comenzó a sacar de su maleta una pócima y dándosela a Monterier, le aseguraba con señas que se las aplicara en la mancha inicial, que estaba en la cara.
Monterier no podía creerlo, pensaba que ese hombre le iba a salvar la vida y por ello saco unos cuantos billetes de la cajuela y se los dio al hombre. Al breve instante paró el carro y con unas risueñas esperanzas del producto, abrió la pócima y tomando unas gotas se las esparció por todo el rostro, y tomó otro poco para sus brazos, al rato el árabe con una cara de angustia, trato de quitarle el tarrito a Monterier, este le decía que se alejará y lo asustaba. El árabe cogió al instante su maleta y salio a correr, gritando unas palabras que nadie entendía. Monterier al ver esa escena graciosa, no soporto no reír y se subió al auto pensando que el árabe estaba loco. Antes de arrancar, el rostro de Monterier se volvió café, el se miró en el vidrio retrovisor y asustado comenzó a gritar y a quejarse de no poder ir a trabajar a causa de su condición a la cual el creyó incurable.
Dos días después, pasaba por esa misma carretera, ala misma hora un campesino de la región en su camioneta, luego de pararla para recoger una persona que pedía con señas que lo llevara a la ciudad. Al auto subió un hombre con un gran sombrero, identificado por una chaqueta oscura y un anillo con un jade: era Monterier, el cual ya no tenia ninguna mancha en su cuerpo, pero sacando de su bolsillo el tarrito que le dio el árabe, se lo ofreció al conductor diciendo unas palabras en un idioma que el campesino no entendió.
jueves, 3 de junio de 2010
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